Categoría: Padres

Segundo Torneo de Padel Valdeluz

El pasado domingo 7 de abril se celebro en la Ciudad de la raqueta el Segundo torneo de padel organizado por el APA del colegio Valdeluz.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El cuadro de honor quedó como sigue:
  1. Olga Rodríguez y Miguel Vila
  2. Sandra Merino y Adolfo Ortiz
  3. Pilar García Morato y Angel Rodríguez
Los premios se entregaron en el Día de la Familia que se celebró el domingo 21 de abril.
Nuestro mejor premio es que hayáis salido satisfechos y que podamos vernos el año que viene de nuevo.
OLYMPUS DIGITAL CAMERA
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Cursos para padres de CONCAPA

Os ofrecemos información sobre dos cursos organizados por CONCAPA. (Confederación Católica Nacional de Padres de Familia y padres de Alumnos).

1.En el marco del OCTA (Observatorio de Contenidos Televisivos Audiovisuales), del que forma parte CONCAPA, se ha organizado la Jornada «Menores, pantallas y educación» a la que estáis todos invitados.

Fecha: 14 de marzo de 2013

Lugar: Auditorio de la Secretaría de Estado de Cultura (C/ San Marcos 40)

PROGRAMA

9:30. Proyección del video de animación «¿Qué es el OCTA?»

9:45. Inauguración de la Jornada por la directora general del ICAA, Susana de la Sierra

10:00. Mesa Redonda sobre «La alfabetización mediática» y proyección del video Do you really thing that about me?

11:30. Pausa café

12:00. Mesa Redonda sobre «Las programaciones audiovisuales» y proyección de video realizado por escolares

13:45. Clausura por el ex Defensor del Menor, Pedro Núñez Morgades

 

2. Curso para padres del Programa «Familias en red y activas» (FERYA).

Os animamos a apuntaros en un momento en el que ha descendido la edad de inicio en el consumo del alcohol por parte de los menores ya que en la medida que estemos  formados podremos  prevenir o luchar contra este problema.

Fecha: 6 y 7 de abril

Lugar: sede de Ceapa (Puerta del Sol 4, 6º A).

Horario:  Sábado 6 de 9:30 a 14:00 y de 16:00 a 19:00 h.

Domingo 7 de 9:30 h a 13:00 h.

Para ver folleto explicativo pinche aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los interesados en realiza el curso, auspiciado por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, lo comuniquéis a la mayor brevedad, con el fin de contar con vuestra asistencia y saber si os quedareis  a comer para formular la correspondiente reserva.

 

El tiempo perdido

2012-12-15_relojCuando mi hijo era pequeño, de dos o tres años, un día tiró un coche de juguete por la ventana, probablemente para comprobar si hacía mucho ruido al golpear el suelo, o tal vez para someter a su propio escrutinio la ley de la gravitación universal. Bajé corriendo a la calle para recogerlo y me encontré a unos señores mayores que habían observado la maniobra que me riñeron bastante molestos y escandalizados al haber visto pasar de cerca el proyectil arrojado desde nuestro piso.«¿Qué habría pasado si llega a darnos en la cabeza a uno de nosotros?», me dijo un señor.

Aunque ahora me hace gracia cuando recuerdo el episodio, en aquel momento estaba bastante enfadado con el niño y no tenía ganas de dar explicaciones. Ya intentaba yo por todos los medios ser un buen padre y estar pendiente de las travesuras infantiles sin necesidad de que nadie me lo dijera. «¿Qué se pensaba ese buen hombre?», me decía a mí mismo, «¿que yo no tenía otra cosa que hacer que perder el tiempo con los juguetes de mis niños?» No sé si me disculpé, pero sí recuerdo que dije una estupidez de este estilo: «si le hubiera dado a uno de ustedes, me temo que yo tendría que ir a la cárcel». Subí deprisa a casa y puse a buen recaudo el cochecito. Supongo que el experimento fue suficientemente satisfactorio para el niño porque no se repitió.

Hace falta mucha paciencia y hay que dedicar mucho tiempo a nuestros hijos. Sobra decir que ni lo uno ni lo otro son suficientes nunca. Tenemos demasiadas ocupaciones. La riqueza y el potencial que entraña cada niño son infinitos si se comparan con lo limitados que son nuestros recursos, no solo la paciencia y el tiempo, sino nuestra experiencia, conocimientos, saber hacer. Todo lo que podemos hacer es acompañarlos durante un tiempo en su caminar por la vida, domesticarlos un poco cuando son pequeños, cuidarlos con el cariño con que se cuida a una rosa, regándola con suavidad, apreciando su belleza y obviando sus espinas. El tiempo que dediquemos a nuestros niños queda grabado y nos hace responsables para siempre de su porvenir.

«El tiempo que perdiste con tu rosa hace que tu rosa sea tan importante. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa…».

Dedicado a mi madre, que me dio a conocer la sabiduría de El Principito, y a mi padre, por haber perdido tanto tiempo juntos domesticándome.

Antonio Ceballos

Castillos de arena

Pasa un año más y el momento tan soñado durante once meses llega por fin. Hacer maletas, emprender viaje y ¡a la playa una semanita! El viaje es largo pero se pasa deprisa. Llegamos ilusionados al hotel, cenamos, descansamos y a la mañana siguiente nos espera el primer contacto con el mar.

El día amanece muy soleado, perfecto para broncearse. Desayunamos y nos preparamos para bajar a la playa. Los últimos dos meses, una «operación bikini» de emergencia ha dado frutos: podemos salir ahí afuera dignamente…

Ya estamos aquí: los pies se hunden en la fina arena de la playa, el sol calienta pero no abrasa y una leve brisa perfumada de sal marina acaricia suavemente la piel. Buscamos un sitio agradable, extendemos las toallas, nos echamos cremas protectoras y ¡a vivir, que son dos días!

Abro la novela que he elegido para este verano. El tema promete. ¡Por fin tengo tiempo para leer! Leo la primera frase, la segunda…

—Papá, ¿juegas conmigo?

—¿Ahora?

Sí, ahora, evidentemente. Si solo he leído media página…

—Déjame leer un poquito más y juego contigo.

Pasa un minuto, he leído otra página.

—¿Ya? ¿Hacemos un castillo de arena?

¡Adiós a la novela, al baño de sol, al plácido descanso…! Bueno, vamos a hacer un castillo con el niño.

—¿Hacemos uno como el del año pasado, papi? ¡Con puertas y pasadizo subterráneo!

—Vale…

Empiezo algo desganado, pero me voy centrando poco a poco. Venga, primero excavemos un poco para sacar arena mojada, que tiene más consistencia. Yo empiezo por aquí y tú por allí. Al fin y al cabo, hemos venido aquí sobre todo por los niños… Levantamos una pared, la otra, alisamos un poco, igualamos. Esto no tiene mala pinta.

—¡Mamá, mira qué castillo hemos hecho! Ahora vamos a hacer el pasadizo.

No debería llamarme la atención, pero una vez más me conmueve que el niño se ilusione con una cosa tan sencilla. En un mundo de videojuegos hiperrealistas, películas en tres dimensiones y mundos virtuales en Internet, una estructura improvisada de arena de playa es capaz de estimular la imaginación de un niño y recordar a su padre que unos minutos de juego entre los dos son muy valiosos para él.

Muy valiosos para el niño… pero no menos para el padre. El niño ya no es tan pequeño. No sé cuántos años le quedarán de castillos en la playa; éste podría ser el último…

Repentinamente, siento nostalgia. Lo tengo a mi lado, disfrutando mientras jugamos juntos, pero me entra miedo de perder algo que el tiempo no devolverá. De pronto no quiero que crezca, me entra un deseo enorme de que siga siendo así siempre: solo un niño, dulce, inocente, impaciente y juguetón, y que me pida muchas veces que haga castillos de arena con él.

¡Qué contradicción! Si toda mi vida está orientada para ayudarle a crecer… Haré muchos castillos, ¡te lo prometo!, pero no crezcas, por favor, quédate así, siempre queriendo estar a mi lado, jugando conmigo, y yo, a cambio, daré forma a tus sueños: construiré castillos, torres, pirámides egipcias… Pero no me dejes solo, no consientas que me acomode, no permitas que me distraiga y deje que mi tiempo se consuma en necesarios pero insulsos quehaceres cotidianos, pasando por alto y perdiendo por el camino la magia de la vida.

Antonio Ceballos

Sensación de vivir «online»

Cuando éramos jóvenes —más jóvenes— no contábamos con las formas de comunicación que hoy pueden disfrutar nuestros hijos. Ni siquiera teníamos teléfonos móviles. Resulta del todo ocioso decir que Internet ha revolucionado nuestras vidas hasta límites insospechados y seguro que todavía nos tiene reservadas muchas sorpresas que no podemos ni imaginar. Ni que decir tiene que la combinación de Internet con los dispositivos móviles es el súmmum de la conectividad. Estar conectados con todos en todo lugar y en todo momento se ha convertido en una realidad cotidiana.

Lo que se hacía no hace muchos años era quedar con los amigos en un sitio determinado a una hora concreta para dar una vuelta y charlar o tomar algo. También había lugares de encuentro en las ciudades a los que se podía acudir sin haber quedado previamente con nadie y a ciertas horas era muy probable encontrar conocidos. Todo eso sigue siendo posible, obviamente, pero existen nuevos modos de comunicarse que son más cómodos, no exigen desplazarse, ni restringen la comunicación a una sola persona simultáneamente, como sucede con el teléfono convencional, y que ofrecen nuevas posibilidades, como los chats y las video-llamadas.

A pesar de que nuestros jóvenes tienen grandes medios a su alcance, el contacto directo sigue siendo preferible, porque nada iguala la riqueza comunicativa del cara a cara. El peligro del aislamiento existe y es un problema en algunos casos. También hay nuevas formas de abusos porque es más fácil localizar gente sin descubrirse. Sin embargo, la amenaza más directa que yo veo es la adicción al placer de sentirse «online».

Es verdaderamente subyugante estar registrado en un sistema por el que pueden llegarte mensajes instantáneos continuamente, además de otros tipos de información, como imágenes o vídeos. Esa posibilidad habría hecho mis delicias y las de mis amigos cuando teníamos quince o dieciséis años. Les pasa a nuestros hijos, pero ¡nos pasa también a nosotros mismos! Es posible estar manteniendo varias conversaciones simultáneas con distintas personas, mientras se escucha música o se juega una partida de ajedrez. Muchas de estas conversaciones son completamente insulsas o, como mínimo, se hacen muy informales, pero la cuestión es que nos mantienen comunicados con amigos y con personas que conocemos, nos mantienen enchufados al mundo… Por supuesto, también hay conversaciones sumamente interesantes, por ejemplo, cuando un joven espera la respuesta a un mensaje de amor…

Todo eso está muy bien. La tecnología puede ser muy buena, ya que ofrece múltiples oportunidades de hacer cosas interesantes. El problema viene cuando estar «online» se convierte en un estado permanente que interfiere con las demás actividades de la vida. Estar conectado significa, por ejemplo, que en cualquier momento puede llegar el mensaje que estamos esperando con tanta ansiedad. Esta disposición de espera permanente, justamente fundamentada en el hecho de que realmente los demás, los que están al otro lado de la red, probablemente estén tan conectados como nosotros, dificulta la concentración, lo cual es indiferente si estamos aburridos en casa una tarde lluviosa, pero resulta nefasto si de lo que se trata es de desarrollar actividades como el estudio.

Cuando uno de nuestros hijos se encuentra en una situación de ese tipo, en la que la mesa de estudio está contaminada por la presencia de algún dispositivo móvil —¡hay tantos…!—, nos entran ganas de quitárselos todos e incluso nos arrepentimos de haberlos puesto a su disposición. ¿Será la única solución desenchufar el «router wifi» y llevárnoslo al trabajo o guardarlo en el trastero? Es difícil saber qué hacer. Lo ideal es aprender a hacer un uso racional y controlado de estos medios, pero ¡es tan tentador comprobar si estará conectado ahora mismo ese amigo tan especial…! ¿Somos capaces nosotros mismos, los padres, de vivir desenganchados?

Antonio Ceballos