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Navidad formateada

campanaEntré en unos grandes almacenes a comprar tarjetas navideñas. Había más de cien clases diferentes. Pero ninguna tenía lo que buscaba: algún dibujo bonito o una fotografía original de un misterio navideño, ya fuese de cuadro antiguo, de códice medieval, un diseño infantil o una creación étnica. Nada. La Sagrada Familia, el misterio de Belén, el Niño Jesús, no aparecían por ninguna parte. Eso, sí: muchas tarjetas con el árbol de Navidad lleno de regalos (quizá como mensaje subliminal invitando a comprarlos allí mismo) y bastantes papás noeles, con o sin ciervos, como icono único. Los arcos luminosos de las calles (todos de diseño, por supuesto) se han moderado mucho porque la corporación municipal no está para «belenes» (nunca mejor dicho), ya que se halla al borde de la quiebra como consecuencia de un despilfarro vertiginoso. Aún recuerdo un gigantesco abeto de hace pocos años, que costó un «congo», para pasmo y admiración de los viandantes. La Navidad ha dejado de ser cristiana para convertirse en la feria del regalo, el maratón de la comida y la bebida, la vorágine de la discoteca. Desde primeros de diciembre hemos cerrado las puertas del corazón a los itinerantes José y María, que buscaban donde guarecerse una noche porque ella estaba a punto de dar a luz, ya que tenemos la casa llena de invitados y de paquetes de regalos. No nos queda un rincón libre y la agenda la tenemos repleta de comidas de empresa y de cenas de amigos. Hemos disfrazado la Navidad porque no nos gustaba como era.

La Navidad no está ya ni en nuestra mesa ni en nuestra casa ni en nuestro corazón. Está en las filas del paro, en los hospitales, en las residencias de ancianos, en los comedores de indigentes, en las cárceles, en las pateras. Cada uno de los menesterosos, de esos «invisibles» que no vemos, es Jesús. Y la mejor tarjeta navideña podría ser la fotocopia de un permiso de residencia denegado o caducado, la carta de un despido laboral, el diagnóstico clínico de una enfermedad incurable, la sentencia de un juez, el menú de un comedor de CARITAS. Por eso este año yo no os deseo una Navidad feliz, sino una Navidad renovada en un corazón formateado. Y eso, sí: con las figuras de Jesús, María y el Niño, temblando de frío en su humilde portalico.

José M.ª Torrijos, O. S. A.

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