Día: 24 julio, 2012

De paseo por el Pardo

 

¿Quién de nosotros no ha paseado por el cercano monte del Pardo? Seguro que todos hemos llevado a los niños a montar en bicicleta, a correr un rato–cuando la tarde en casa se nos hacía eterna– o nos hemos sentado a tomar un aperitivo o a disfrutar de una comida en una de sus terrazas o merenderos. Está tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos de la ciudad… Es verdad que ahora parece que sus restaurantes están un poco pasados de moda, no es lo más «in» de Madrid, pero a veces agrada volver a los sitios de siempre, donde fuimos de pequeños con nuestros padres, con los camareros de toda la vida y sus cartas llenas de caza y platos de cuchara, de esos que nada tienen que ver con la «nueva cocina» tan de moda.

El Real sitio de El Pardo está solo a 7 km de Madrid y dentro del Monte de su mismo nombre. Se trata de una de las reservas naturales más importantes de la capital que, además, cuenta con un abundante patrimonio cultural. A pesar de ser una localidad muy pequeña ha formado parte notable de la historia de España. Fue en 1950 cuando pasó a ser barrio, anexionándose al distrito Fuencarral-El Pardo. No obstante, aún hoy se respira ambiente de pueblo. Su población es escasa, 3 465 habitantes, y no puede crecer mucho más debido a la imposibilidad de construir nuevas viviendas y a su escasa actividad económica que se basa únicamente en las tareas militares de sus numerosos cuarteles y en los restaurantes.

El barrio tiene forma alargada y estrecha, y se extiende a lo largo del río Manzanares junto al que discurre un paseo que nos permite llegar desde el club de Somontes hasta la presa. Sus edificios son sobrios, bajos e integrados en el entorno y cuenta con su propia colonia llamada Mingorrubio.

Sus paisajes fueron pintados por Velázquez y sus campos siempre han sido reserva cinegética de nuestros monarcas y gobernantes. El enorme monte de 16 000 hectáreas donde conviven encinas, enebros, fresnos, alcornoques, quejigos, coscojas y romeros está protegido, cercado y vigilado y se convierte en un auténtico pasillo verde que va desde la ciudad hasta la sierra de Guadarrama.

Gracias a este maravilloso entorno fue elegido para albergar un Palacio Real –residencia alternativa de los reyes hasta Alfonso XIII y luego de Franco– que ahora sirve como alojamiento de los jefes de estado extranjeros en visita oficial a España. El palacio fue construido en el siglo XVI a partir de un edificio primitivo diseñado por Luis de Vega. Su aspecto actual corresponde a las reformas y ampliaciones emprendidas en el siglo XVIII a instancias de Carlos III y en las que participó el famoso arquitecto Francesco Sabatini. Además de por sus valores arquitectónicos, destaca por su decoración interior: los valiosos frescos de Gaspar Becerra así como su insuperable colección de tapices del siglo XVIII (de los que hablaremos más adelante), bien merecen una visita.

Pero este es El Pardo más oficial, el más turístico, y yo os propongo descubrir El Pardo menos típico y algunas de las curiosidades que esconde.

¿Sabías que… Francisco de Goya vivió en el pueblo?

 Cuenta la leyenda que en el siglo XVIII la casa de Postas del centro del pueblo, que estaba justo en el local que ahora ocupa el restaurante «La Marquesita», alojó durante un tiempo a nuestro archifamoso Francisco de Goya. En aquel entonces estaba trabajando en las series de cartones para tapices que el rey le encargó para el palacio. Una de ellas iba a decorar el comedor de los entonces príncipes de Asturias con escenas de fiestas y diversiones de Madrid en las que participaban los aristócratas disfrazados de majos, así El baile de San Antonio de la Florida o La merienda a orillas del Manzanares. Otra era para su dormitorio con escenas de corte más campestre y bucólico como El columpio. Una tercera serie se colgaría en el antedormitorio y, la cuarta, era para la pieza de conversación del rey. Respecto a la quinta de las series estaba destinada a decorar el dormitorio de las infantas, donde se colgó La gallina ciega.

 

¿Sabías que… el palacio de la quinta puede alojar una de tus celebraciones?

 A tres kilómetros del pueblo y en pleno monte se encuentra la «Quinta del Duque de Arco» también conocida como la «Quinta de El Pardo». El duque de Arco, Alonso Manrique de Lara, compró el palacete en 1 717 cuando era la «Quinta de Valrodrigo» mientras desempeñaba el papel de Montero Mayor de Felipe V y alcaide De El Pardo. En 1745 tras la muerte del duque, su viuda donó la propiedad a Felipe V e Isabel de Farnesio. El conjunto arquitectónico tenía su origen en la casa de labor y sus tierras y estaba compuesto por el palacete –cuyas trazas recordaban las del palacio de la Zarzuela del arquitecto Gómez de Mora– , y unos extensos jardines adornados con fuentes. En el interior destacan las decoraciones murales de papel pintado, el mobiliario, las pinturas y las alfombras de la época de Fernando VII e Isabel II.

Ha tenido siempre habitantes muy ilustres. A mediados de los años treinta fue residencia de Manuel Azaña. Un año antes de la muerte de Franco, en 1 974 el entonces príncipe don Juan Carlos celebraba sus audiencias aquí.

Ahora Patrimonio Nacional ofrece la posibilidad de ceder el uso de los terrenos y del palacio para la celebración de reuniones o eventos organizados por cualquier institución.

¿Te apetece bautizar a tu coche?

¿Verdad que los coches antes tenían hasta nombre propio? ¿Quién no tuvo en casa un seiscientos al que los niños, nosotros, habíamos bautizado como si de un miembro más de la familia se tratara? Eran otros tiempos, el automóvil era un objeto de lujo y vivía muchos, muchos años, compartía vacaciones en la playa, viajes al pueblo de los abuelos, atascos en la carretera de vuelta a la sierra… De aquellos años se conserva en El Pardo la costumbre de bautizar, sí has oído bien, a nuestros vehículos.

Junto a la entrada del convento de El Cristo existe una fuente de agua bendita y sagrada. Muchos creyentes cuando se compran el coche, suben para bautizarlo, y hasta se puede pedir a las frailes capuchinos que lo bendigan ellos mismos. Es por esto que los lugareños llevan la pegatina de la imagen del Cristo, que se puede compra en la tienda que tienen los religiosos a la entrada del convento, como talismán de protección en los viajes.

Por cierto, si os animáis vosotros también, no dejéis de entrar al convento de los padres capuchinos, para poder contemplar La Virgen de los Ángeles de Francisco Ricci y el maravilloso Cristo yacente de Gregorio Fernández.

Cuidado con los animales salvajes

 Al otro lado de la carretera, simplemente cruzando en frente del convento del Cristo, junto al aparcamiento, está la valla de alambre que protege la zona de monte. Al acercarnos no es extraño ver, no muy lejos, a jabalíes y gamos, que se aproximan buscando el pan duro que los visitantes les echan ignorando las recomendaciones contrarias. Es una experiencia curiosa tanto para mayores como pequeños, sobre todo, pensando lo cerca del centro de la ciudad que estamos. Igualmente pasa en otras zonas del monte y por eso no es extraño cruzarse con manadas de jabalíes cruzando la carretera, casi siempre durante la noche o tropezar con un animal desorientado mientras damos un paseo en familia.

Bueno y para acabar no podemos dejar de hablar de la gastronomía que hace famosa la localidad. La mayoría de los platos tradicionales se basan en productos relacionados con la caza. Es muy normal ver en las cartas distintos guisos realizados con carne de gamo, ciervo, jabalí, conejo o aves como la codorniz o la perdiz. Así pasa en El Gamo o en El Faro, rodeado de encinares y pinares y antes a orillas del arroyo de la Nava –un afluente del Manzanares–, y en el  restaurante San Francisco que debe su nombre a la pradera en la que se encuentra. Pero junto a los negocios más tradicionales van surgiendo nuevas propuestas. En la carretera de Fuencarral-El Pardo, muy cerca del reciente barrio de Montecarmelo, y ocupando al antiguo solar de Casa Manolo han inaugurado Filandón. Se trata de un restaurante con aire fresco, más sobrio, más moderno que deja atrás los típicos asadores del pueblo, eso sí sin olvidar la buena cocina. ¿Qué mejor comienzo que una cenita veraniega en mitad del campo? Espero que sea una buena idea para inaugurar las vacaciones.

María Vera